jueves, 22 de diciembre de 2011

Niños con hambre

Hoy, más bien ayer,
en un rato
tenía prisa
como si de la vida
se me escapara un pedazo
si tardaba.
Corrí que se me partía el alma
mientras casi no vivía.
Llegaron tarde
y no pasó nada
excepto el hambre.
No tuve ganas de comer
pero tuve tiempo de pensar
mientras tardaban los que no llegaron,
los que se disculparon cuando llamaron
desde un despacho.
Tuve que volver,
ahora despacio.
El hambre.
Hoy que yo tuve prisa
durante una hora,
en todo el día
se han muerto setenta mil personas.
De hambre.
Unas treinta mil eran niños y niñas
muertos de hambre.
No fue desagradable
mientras pensaba
en tanta desgracia.
Pero cerrados los ojos,
a oscuras lloraba
en el silencio de la calle.
Solo vomité dos lagrimas
de agonía triste.
Agonizante.
Mi prisa resultaba un simple y estúpido chiste
cuando ya sabía
que mañana otras setenta mil personas
iban a tener prisa porque se morían
de hambre.
Eso sí es prisa.
Lo escribo sentado,
sin correr,
con la ventana a un lado
y el ratón descansando
mientras tecleo lo que has de leer.
No veo la luna pero la sé.
También sé que van a morir.
Te acabo de hacer culpable también a ti.

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